Cuando matas un mosquito,
no hay conmoción, ceremonias ni remordimientos;
miradas acusatorias o palabras recriminantes
que perturben la tranquilidad de quien lo hace.
A nadie le importa.

SIMBOLOGÍA: (***Ecos de diálogos pasados)
(>>—Dialogó interno de Camila)
(>>>>>Saltos lineales de tiempo)

Natalia siempre fue una niña tranquila, casi no tenía amigos; ella se refugiaba en los libros y había algo que le causaba un sabor agridulce. Ella adoraba a su abuela, encontraba en su mirada la ternura que le faltaba para sonreír y que su madre rara vez le proporcionaba. Silvana era el nombre de su “Tita”, como ella la llamaba. La mamá de Natalia se llamaba Camila.

A Natalia le gustaba visitar a la “Tita”, su estómago se lo agradecía doblemente, porque sus abrazos, aroma y sonrisa la esperanzaban y, su comida, llenaban su panza de alegría. Sin embargo, no le agradaba cuando su madre, Camila, se quedaba con las dos a pasar el día.

Camila era una mujer callada, divorciada hace 5 años cuando Natalia aún tenía cinco años. Ella vivía para Natalia y procuraba que nada le hiciera falta. Camila trabajaba de abogada fiscalista, no hablaba mucho de su trabajo, pero muy pocas veces esbozaba una sonrisa cuando se trataba de los asuntos de oficina. Su labor era lo necesario, un poco alienante, pero daba lo suficiente para que a su hija no le faltara nada. Había algo que a Camila la atormentaba siempre; todos los días.

****

—Yo no lo sabía
—¿Por qué lo hiciste entonces?
—Por el bien de todo

***

Me duele mucho el estómago, estoy muy nerviosa, quisiera ir a casa a recostarme y colocarme mis audífonos para no escuchar nada y esperar a que todo pase. No aguanto, necesito aire.

—¡Maestra, Natalia se desmayó!
—Tranquilos, por favor salgan del aula, ella va a estar bien, ¡pásenme mi celular!

Después de un par de horas, Natalia despertó, su madre estaba al lado de la camilla con un rostro difícil de descifrar; no era preocupación. Natalia inhaló una bocanada profunda de aire. Su madre la miró, esbozó un extraño boceto incompleto de una sonrisa.

—Hija, ¿qué pasó?
—No sé. Discúlpame, no quiero ser un problema.
—¿Quieres que vayamos con tu “Tita”? quizás eso te haga sentir más tranquila.
—¿Y te quedarías?
—Lo siento, hija, tengo que regresar a la oficina.
—Está bien.

La casa de la “Tita” era un lugar hermoso según Natalia; un hogar en toda la extensión de la palabra, en los años del abuelo y su “Tita” tener un lugar tan amplio era más sencillo, los ahorros alcanzaban para todo aquello que ahora parece inalcanzable. Todo en ese hermoso espacio era especial, incluso uno en donde no le dejaban entrar a Natalia. El estudio del abuelo era casi un recinto sagrado, era donde él se pasaba horas leyendo y trabajando, a Natalia no le intrigaba demasiado lo que había ahí dentro, ella era feliz rondando por la casa, comiendo fruta, tirada en el pasto del patio esperando a que su “Tita” se sentara a tomar café y tejer para vigilarla bajo la sobra del enorme ficus benjamina que parecía arrebolar el tejado.

—¿Qué pasó mi niña?
—No pasó nada, Mamá, es sólo que Natalia no ha comido bien y anda estresada por los exámenes de la escuela, es todo.
—Camila, por qué no dejas que la niña me conteste.
—No me pasa nada Abuela, no te preocupes, ya estoy bien
—¡Ya vez!, me tengo que regresar a la oficina, vengo más tarde por la niña.

Cuando eres pequeño jamás piensas en la finitud de nada, en tu inmensa ingenuidad a cerca de cómo “funciona” el mundo crees que todo siempre va a estar así, estático, sientes que nada cambia, que todo se queda igual, piensas que todo es como un librero enorme en el cual puedes apilar situaciones, personas, recuerdos y lugares a los cuales crees que siempre tendrás la capacidad de regresar y verlos exactamente como los acomodaste, justo en donde siempre deben estar.

Natalia se siente muy feliz jugando en el patio, las preocupaciones se detienen, casi desaparecen; ella rueda por el pasto, respira profundo lo fresco que se siente el aire cuando es tan fácil sonreír. Ella se para a caminar y dar vueltas sólo porque si, la “Tita” la observa, toma un sorbo a su café y sonríe, Natalia le devuelve la mirada brevemente, sonríe con los ojos y su nariz. Caminando por el patio suele pasar por fuera del estudio del abuelo, hay una ventana pequeña y delgada por la cual se puede ver un poco de lo que hay dentro, Natalia le llama la atención que dentro se vislumbra lo que parece ser una pared blanca, al parecer es la única de ese color en toda la casa. El abuelo en realidad siempre ha sido un misterio para Natalia, ella no tiene recuerdos vívidos de él, tan solo las historias que se relatan, las anécdotas que se cuentan.

Entre los ruidos propios de una oficina llena de abogados, se encuentra Camila sentada con el rostro perentorio frente a un monitor de computadora junto a una pila de papeles llenos de datos ajenos a su vida. Durante los breves momentos de descanso, Camila se encuentra sumida en sus pensamientos sobre Natalia, reflexionando sobre su amor por ella y cuestionando si su papel como madre es el adecuado; pensando en cuanto le gustaría poder decirle todas las palabras más bonitas del mundo pero que por su extrañeza hacia la vida no se atreve. Inevitablemente también piensa en su pasado, en todas las noches que se despierta atormentada por sus más amargos recuerdos y la pregunta perenne que siempre deambula por su mente: ¿lo que hice, habrá sido lo correcto?

—¡Natalia, Natalia, corazón!, ven la comida ya está servida.
—¡Gracias “Tita”, ya voy! ¿Qué vamos a comer?

La verdad es que por inercia social ella preguntaba, pero lo cierto es que a Natalia no le importaba en lo más mínimo que fuese lo que habría para comer, todo siempre era delicioso, incluso un día llegó a probar un poco de hígado encebollado, la comida que más detestaba en el mundo entero; sin embargo, sentada a la mesa en la casa de su “Tita” la tranquilidad y el amor eran el glutamato monosódico de todos los alimentos.

—Ya estas muy grande, hija. ¿cuántos años vas a cumplir?
—Once, “Tita”
—Tu mamá llegó hace unos veinte minutos.
—La voy a llamar para que venga a comer con nosotras
—¡No, “Tita”, yo voy por ella!

Esa fue la primera vez que cimentó para siempre lo agridulce que se siente lo críptico de las situaciones sin contexto, las cuales son las peores para las personas con desórdenes severos de ansiedad como Natalia.

—¡Mamá!

Natalia fue a la sala que está cerca de la entrada principal y no la encontró, caminó por la casa, las habitaciones y tocó la puerta del baño en busca de su mamá. Un poco confundida y hambrienta decidió regresar al comedor, pero antes se le ocurrió que sería buena idea una carrera rápida alrededor del patio e imaginar que compite en las olimpiadas y que va ganando.

Casi sin aliento decidió que sería mejor regresar al comedor, caminando tranquilamente después de haber ganado primer lugar en su imaginación. Pasó por fuera del estudio del abuelo y de reojo observó un destello en la pequeña y delgada ventana. La curiosidad de Natalia la orilló hacia la ventana, colocó sus manos delicadamente sobre la pared y observó.

Su madre se encontraba dentro del estudio del abuelo, inmersa en la contemplación de los objetos y adornos dispersos por el escritorio, mientras los papeles pareciera que susurraban historias olvidadas entre sus manos. No pasó mucho tiempo antes de que decidiera mover la silla del escritorio, colocándola con delicadeza a un metro y medio de distancia de la imponente pared blanca. Se sentó con solemnidad, fijando su mirada en el vacío, como si buscara respuestas en la nada. Después de un minuto eterno, sus brazos se entrelazaron en un abrazo frágil y, con un suspiro contenido, las lágrimas brotaron de sus ojos como un río desbordado.

Fue un momento trascendental en la vida de Natalia, la primera vez que presenció a su madre entregada a la vulnerabilidad de las lágrimas.

>>—¿Fue suficiente?
>>—Lo que hice, las palabras, los silencios. ¿Sirvieron de algo?

La mano de Natalia descansaba sobre el marco de la pequeña ventana del estudio, sus dedos apenas rozando la pintura descascarada. Desde su posición, podía ver a su madre sentada frente a la pared blanca. No había nada especial en ese lugar, ni cuadros, ni adornos, ni siquiera el rastro de los años de su abuelo. Sólo el vacío. Es como si su madre pudiera ver algo que Natalia no pudiera ver.

Pero lo que más la desconcertaba no era la pared, sino el rostro de su madre. Camila parecía más pequeña de lo que Natalia podía recordar, como si el peso de algo invisible la estuviera aplastando.

De repente, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era miedo, no del todo. Era una sensación de pequeñez, como si el mundo que conocía se hubiera expandido de golpe, dejando al descubierto un vacío que siempre había estado ahí, pero que nunca había notado. Un vacío que ahora la observaba, a través de los ojos de su madre y de aquella pared blanca.

Natalia retrocedió un paso, respirando con dificultad. La curiosidad se mezclaba con una angustia sorda. Sabía que no debía quedarse allí, pero tampoco podía apartarse del todo. Al final, giró sobre sus talones y corrió hacia el comedor, buscando refugio en el aroma de la comida de su «Tita».

Pero incluso mientras reía débilmente con su abuela, el rostro de su madre seguía presente en su mente, clavado como una marca imborrable de algo que parecía solemne pero tan ilógico que incluso se llegó a mezclar dentro de su pecho con un poco de enojo y coraje.

El aroma del café recién colado envolvía la cocina, mezclándose con el dulce crujir del pan tostado. Natalia entró al comedor con pasos lentos, casi arrastrados, mientras la «Tita» la observaba desde su silla junto a la ventana. Sus manos tejían con calma, como si el tiempo fuera un hilo infinito que ella podía moldear a su antojo.

—¿Qué pasa, mi niña? —preguntó la abuela con una sonrisa cálida. Su voz era un bálsamo, pero no bastaba para aliviar el nudo que Natalia sentía en el pecho.

—Nada, «Tita», estoy bien —respondió, evitando la mirada inquisitiva de su abuela. Se sentó frente a la mesa, fingiendo interés en la comida y el plato de frutas que le habían preparado.

La «Tita» dejó las agujas de tejer sobre la mesa y tomó un sorbo de café.

—Mi niña, sé cuándo algo te preocupa. Tienes la misma mirada que tu madre cuando algo no la deja dormir.

El comentario hizo que Natalia levantara la cabeza de golpe. Por un momento, quiso contárselo todo, la imagen de su madre llorando, la sensación de vacío que parecía envolver toda la casa, la incomprensión que la hacía sentir más sola que nunca. Pero las palabras no salieron.

—Es sólo que… estoy cansada, «Tita». Los exámenes, ya sabes. —Su sonrisa forzada fue suficiente para que la abuela no insistiera.

—Está bien, mi niña. A veces, todo lo que necesitamos es un poco de comida y descanso para aclarar la cabeza. Anda, come.

Natalia asintió en silencio. Pero mientras comía, el peso de lo que había visto seguía ahí, invisible pero presente, como una sombra que no se disipaba con la luz.

Más tarde, cuando la «Tita» comenzó a preparar otra taza de café, Natalia se quedó mirando el ficus en el patio trasero. Era enorme, con raíces que parecían querer escapar del suelo. Se preguntó si los árboles también sentían el peso del tiempo, si acaso se preguntaban por qué seguían creciendo, para qué estaban vivos.

—»Tita»… —comentó Natalia, sin mirar a su abuela—. ¿Crees que mamá está bien?

La «Tita» hizo una pausa antes de responder. El sonido del café sirviéndose en la taza fue lo único que rompió el silencio.

—Tu mamá es fuerte, mi niña. Pero a veces ser fuerte no significa no estar rota por dentro. Lo importante es que, cuando estamos rotos, aprendemos a sostenernos en los pedazos que nos quedan.

Natalia no respondió. Las palabras de su abuela flotaron en el aire, resonando en su mente mientras seguía mirando al árbol. Y por primera vez, comenzó a preguntarse si también ella estaba rota, aunque aún no lo supiera.

—Natalia, ¿en dónde quieres festejar tu fiesta de cumpleaños?, ¿quieres que sea en tu salón de clases?
—No lo sé.
—Piénsalo bien, hija, posiblemente sea tu última fiesta de cumpleaños que la celebremos de esta manera.
—¿Cómo, mamá?
—Con dulces, globos, gelatinas y pastel. No creo que más delante vayas a querer algo tan infantil.

Que complicado parece ser todo cuando creces, pensaba Natalia. Al parecer van desapareciendo los soliloquios divertidos para convertirse en arengas forzadas momentos antes de dar un pie fuera hacia eso que los adultos llaman vida. A los casi once años Natalia podía imaginar mundos en los que a ella le gustaría vivir, esa habilidad se la habían regalado los libros que le gustaba leer, libros que le mostraban que la magia parecía algo totalmente real, sólo que cuando creces pierdes el espíritu de creer.

—En mi salón, mamá.

Los días nublados suelen tener una magia, o una nostalgia. Amaneció nublado, comenzó la clase de geografía. Observaba a Sofía, se veía concentrada en la ventana. Comenzó a llover. Ella seguía con la mirada fija. No quise interrumpir sus pensamientos, a ella suelo considerarla mi amiga, es callada, como yo. Cuando juntas, hablamos poco, pero disfrutamos la compañía.

—Mañana será mi cumpleaños, mi mamá le pidió permiso a la maestra para hacer mi fiesta aquí en el salón.
—No creo que vaya a poder venir mañana.
—Ok, bueno, está bien.

El día fue muy bien, no pensé que me gustaría. La fiesta estuvo bonita, comimos pastel y jugamos al juego de las sillas. Me caí, gané una vez. Me cantaron las mañanitas, con un poco de desgana, pero se sintieron lindas. En mi mente estaban construidos escenarios en los que me sentía totalmente alienada y excluida de todo lo que sucedía; no fue así.

Saliendo de la escuela mi mamá pasó por mí. Noté algo diferente en su cara, casi podría decir que era una sonrisa, me dijo que iríamos un rato a la casa de mi “Tita”.

—¿Y qué tal tu fiesta?
—Muy bonita, Mamá, muchas gracias.
—Que bueno, hija, platiqué y me puse de acuerdo con tu maestra desde hace días para que me ayudara porque sabía que no podría estar contigo.
—Está bien, Mamá, me la pasé muy bien, ¿cómo te fue en el trabajo?
—Fue un buen día.

Llegamos a la casa de mi abuela, me recibió con un fuerte abrazo y una gran sonrisa; mi mama sonreía. Se formó en mi pecho una sensación cálida al percibir una bonita armonía. Después de minutos y minutos de plática de señoras salí al patio a recostarme sobre el pasto bajo la sombra del árbol a respirar para descifrar si lo que estaba sintiendo era realmente alegría. Cerré los ojos y cuando los abrí ya no se escuchaban las voces de mi mamá platicando con mi abuela.

Me levanté con el cuerpo aun tibio de sueños. Caminé hacia la cocina. Mi “Tita” estaba sentada tejiendo lo que parecía ser una bufanda junto a su sempiterna taza de café del día.

Deslicé la mirada por los rincones. Mamá no estaba.

Caminé dubitativa por la casa sin ganas de hacerlo. Mis pasos me llevaron hasta la ventana del estudio del abuelo.

La vi. Sentada frente a la pared blanca, llorando de nuevo.

Parecía no importar cuánta felicidad sintiera o fingiera mamá con sus sonrisas de porcelana, siempre, en la secrecía del estudio del abuelo, terminaba desmoronándose como un castillo de arena con el oleaje tranquilo del mar. Su alegría a mis ojos era una alegoría de un vestido de cristal; hermoso y frágil, que al menor roce se hacía añicos contra algo que pareciera invisible a mi mirada mientras bailase un vals con una terrible y aparente soledad.

No lo entiendo; maldita sea, no lo entiendo. Y quizás, en el fondo, me aterra siquiera tratar de entenderlo. Todos me repiten múltiples veces que mi corazón aún es muy pequeño, pero nadie me lo sabe explicar y yo no sé qué significa eso. Lo único que sé es que esta ansiedad se siente como una enredadera de cardos que trepa desde el estómago hasta mi cuello convirtiendo el aire en un plasma espeso que me ahoga y me deja sin aliento.

La incertidumbre me carcome las costillas haciendo mutar este ambiguo sentimiento en algo más denso, más amargo; algo que se siente como un puñado de clavos oxidados que se agitan en mi pecho. Quiero gritar; desgarrarme la piel. Huir de este cuerpo que ya no soporta ser testigo de su dolor que no comprendo.

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El cielo estaba borrascoso, algo violento y paradójicamente en silencio. Llovía despacito, como cuando uno no quiere molestar. Como si también él se sintiera igual de perdido y ausente, al igual que Natalia en ese momento.

En una mano, ella sostenía su certificado de secundaria. En la otra, arrastraba la estola que hace unas horas descansaba orgullosa alrededor de su cuello. Su madre la esperaba, parada como un poste. Un paraguas negro encima, el cuerpo firme, tieso, como si no la tocara el viento.

Las fotografías de aquel día terminaron siendo retratos melindrosos y mentirosos. En cada imagen su madre sonreía, pero, no era una sonrisa de felicidad fingida hacia su hija que amaba con el alma, sino una especie de gesto hueco para un ritual social que a ella le parecía demasiado convencional.

Una vez de regreso en casa de la “Tita”, el silencio las envolvía como una manta húmeda y fría. Aparentemente sin ninguna razón. Sentadas a la mesa de la cocina, sin hablar. La “Tita” miraba a Natalia con un orgullo callado. Se notaba en sus ojos. En cómo la seguía con la mirada mientras comía. Fue entonces que Camila cortó el aire diciendo:

—Voy al estudio un momento. Ya regreso.

Natalia se encogió por dentro. Sintió una punzada aguda en el estómago. Ya no necesitaba verla entrar al estudio para saber qué ocurría ahí dentro. Lo sabía. Era un ritual que no entendía. Un acto que le parecía absurdo. Un comportamiento que la desconcertaba.

Y otra vez volvió a su cabeza el pensamiento: “No lo entiendo”

Mientras remembraba que las sonrisas, los logros y las caricias parecían no significar nada. La felicidad era un velo fino. Bastaba un poco de viento para que se lo llevara.

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Natalia celebraba con sus amigas una agridulce “legalidad”. Rio muy poco. Apenas si probó el pastel. Pensaba en su madre. Camila se tuvo que quedar en el hospital. La “Tita”, decían, no se sentía bien últimamente.

Dos meses pasaron. Silvana no ha mejorado. Natalia ha orado mucho, cada noche sin descansar. No por fe. Por miedo. Camila va y viene entre el trabajo y el hospital. Se le nota el desgaste emocional en sus ojos cansados, el cuerpo más delgado y la voz que a veces parece no querer salir.

Natalia intenta ayudar, pero siente que algo dentro de ella se derrumba y no cree poder aguantar. Se muerde las cutículas hasta sangrar. Contaba los azulejos del piso del hospital una y otra vez, como contando esperanzas que de a poco se van.

Luego vino la crisis. La abuela dejó de respirar. Natalia se desmayó. Cuando despertó vio a su madre. Su rostro, como siempre, difícil de leer. Inmutable. Perentorio. Le habló. Pero no lloró.

Le dijo:

—Natalia, quiero que estés tranquila. No hay forma sencilla de decir esto. Respira. Sé fuerte.
—¿Qué pasó, mamá?
—Tu abuela está descansando ahora.

El lamento de Natalia fue gélido. Desolado. Como un hilo de hielo impregnando las paredes corriendo por los pasillos del hospital.

Abrazó a su madre con fuerza, sin consuelo. Camila la sostuvo sin moverse, con ese rostro que parecía más un disfraz que una expresión. Sus ojos no lloraban. Pero tampoco estaban vacíos.

La casa de la “Tita” estaba muy limpia. Demasiado en orden. Como si el polvo se hubiera ido por vergüenza. Como si nadie hubiera vivido allí. Como si la ausencia y el olvido se hubiera apresurado a borra las huellas de los recuerdos. Digna de un amargo y triste funeral.

Natalia no lloraba. No porque no quisiera. Era porque el llanto era tanto que no encontraba salida. Se le había quedado petrificado muy dentro. Camila, en cambio, parecía un bloque de piedra. Saludaba a los que llegaban. Movía la cabeza. Pero no decía más. Parecía que no le dolía. Se mantenía en pie, como si su cuerpo no estuviera roto por dentro.

Por primera vez, no hubo visita al estudio. Ni esa vez, ni después. Camila ya no parecía necesitar la secrecía del estudio para lo que lo solía utilizar. Como si se le hubiera olvidado que antes, ahí, sí podía llorar.

>>>>>>

Natalia, ya con veinte años, la toga le quedaba grande. La sonrisa también.

Su madre no fue a la ceremonia. No porque no quisiera. Simplemente, no pudo. Su cuerpo ya empezaba a hablar un idioma extraño, el del cansancio profundo. El de los análisis médicos. El de los silencios entre exámenes.

—Estoy orgullosa de ti —le dijo desde la cama, con una voz que se le escapaba en cada palabra.

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Meses después del vigésimo primer aniversario de Natalia, Camila fue desdibujándose poco a poco. Se fue apagando como lámpara antigua. Ya no caminaba igual. Un día se olvidó de su nombre. Otro, del de su hija. Camila ya no hablaba. Apenas respiraba.

Natalia estuvo junto a su madre, siempre. No con gestos heroicos, ni palabras grandes. Se sentaba junto a su cama sin decir nada. Le leía pasajes y poesía que su madre ya no entendía. Sólo por hacerle compañía.

Un día de noviembre, Camila abrió los ojos, muy despacio, miró a su hija y por un instante, su rostro se suavizó. No dijo “te amo”. No pidió perdón. Sólo miró a Natalia con algo de calma; o resignación. Alzó la mano y la dejó caer sobre la suya. Luego vino un enorme silencio. Uno de esos que no se rompen con nada.

Natalia no lloró. Se quedó quietecita, implorando que todo fuese una alucinación. Apretó la mano de su madre. Se inclinó y apoyó su frente sobre ella. Pensó en todas las veces que quiso entenderla. Cerró los ojos y se dejó arrastrar por el enorme vacío de su irreversible ausencia.

Camila partió con los labios cerrados, sin pedir disculpas ni despedirse. Como si su silencio fuese su legado, y las lágrimas que jamás vertió frente a Natalia fueran el idioma que le heredó. Sólo el zumbido del monitor de signos vitales con ese pitido agudo que cortó el aire como un cuchillo, se atrevió a decir lo que nadie pudo.

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Cuando Natalia cerraba sus ojos, el tiempo se hacía pequeño, pequeñito; tanto que se quedaba quietecito, inmóvil, como si le diera miedo que lo atraparan los monstruos bajo la cama apenas hiciera el intento por caminar. En esos suspensos, las penumbras la abrazaban para contarle cuentos. Entre las voces del silencio se escuchaban los ecos de las risas de su abuela; las palabras de su madre e incluso el latir profundo de su propio pecho.

Allá afuera, el mundo seguía rodando, apurando a los vivos a olvidar. Pero dentro de Natalia, la memoria se quedaba quieta. A veces, mamá decía que crecer significaba aprender a vivir con ausencias, pero nunca imaginé que doliera tanto.

Ocho meses después de la partida de su madre, nació Emma, como una chispa en la oscuridad, llena de un calor vital que los desahuciados no esperan. Y fue como si de aquel silencio que enterró a Camila emergiera un murmullo nuevo. Sus manitas eran pálidas como las nubes, y al llorar, parecía invocar algo más que hambre o frío. Parecía que, en su llanto, regresaban las voces que la muerte había extinguido.

Natalia no entendía del todo lo que le estaba pasando. Decidió ser madre soltera. La maternidad la tomó por asalto, como la lluvia que cae sobre una tierra reseca, que duele primero, pero luego se la bebe todita el alma. Había noches en las que miraba a su hija dormir y, en sus rasgos suaves, creía ver los ojos de su madre, los gestos de la “Tita”, la sombra de sí misma con once años mirando todo aquello que en aquel entonces no entendía.

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En su vigésimo quinto aniversario, siendo para ella un día cualquiera, como quien vuelve por una especie de promesa vieja y solemne, Natalia regresó cargando a Emma en brazos, con una bolsa colgando del hombro que parecía pesar más de lo que cabía adentro. La casa de la Tita parecía más pequeña, más hundida en sí misma. Las plantas habían trepado por los muros como si quisieran escapar del olvido. La puerta crujió igual que siempre, como si la reconociera.

Dejó a Emma jugando en el jardín donde ella misma solía jugar de niña. Recorrió los pasillos de la casa. No había ruido. Sólo las risas de su hija y el tic tac del reloj que aún colgaba en la cocina, marcando un tiempo que ya no le pertenecía a nadie.

Cruzó el jardín hasta la puerta del estudio. La misma que, solo al verla, le dejaba en la boca del estómago un sabor amargo. Estaba ahí, cerrada. Intacta. Esa puerta que durante años fue la frontera entre la vida pública de Camila y el lugar donde las lágrimas no pedían permiso para salir de muy adentro.

Giró la perilla.

Adentro, la luz se filtraba por las rendijas como si le costara trabajo entrar. Todo seguía igual. Como si el tiempo se hubiera negado a pasar sus manos sobre cualquier objeto. La silla, los papeles apilados, los lápices gastados; y la pared blanca.

Esa pared que parecía que lo miraba todo sin decir nada. Esa que fue testigo de los silencios más hondos. La misma donde su madre en secreto, se quebraba.

Natalia se acercó a ella con extrañeza. Se quedó parada frente a ella, quieta, sintiendo el peso de su sangre en las piernas. No la tocó. Sólo la miró. Y por un momento, creyó escuchar un sollozo suave, casi como un eco lejano de su infancia.

A lo lejos, las risas de Emma seguían danzando entre las flores del jardín.

Natalia tomo aquella mítica silla y se sentó a un metro y medio de distancia. Y se quedó ahí, mirando la pared, como quien espera que algo se desprenda de ella, una palabra, una sombra, una explicación.

Y después de un minuto eterno, sus brazos se entrelazaron en un abrazo frágil. Y sin poder contenerse. Incontrolablemente; lloró.

Fin.

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